❥ La Coquettte (receta)

(Dedicada con especial cariño a mi querida Pepi)

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De la “Coquettte” lo único que me inventé fue el nombre. Pero es que “coca” derivó en “coqueta” y de ahí la menda se sacó de la manga el nombre de “Coquettte”, con tres “t”. Sí, soy así, una inventora nata de palabras aunque solo esta vez me nació la triple consonante. Y no creáis, el nombre funcionó porque en casa cuando decimos ¿hacemos una “coquettte”? enseguida la identificamos. Y es que sí, somos muy de hacer bizcochos, plum cakes, galletas y cositas ricas que salen del horno y no de un centro comercial. O al menos lo intentamos, eh? que tampoco tenemos un pelo de estrictos, quiero decir, que si un día nos viene de gusto un Donut o dos pues nos los zampamos tan ricamente. Pero sí intentamos ser cada vez más puristas con la comida (os podéis creer que había escrito putistas?, de verdad que cada vez escribo peor) y alimentarnos bien, cada vez mejor, porque la alimentación no es un juego y si lo es juegas con tu salud, así que tú mismo. (Esta frase se la repito tantas veces a mis hijos que creo que la deben tener tatuada en el cerebro, y me alegro, porque me lo demuestran a diario)

Pero bueno, por favor, ¿como me enrollo, no? Esto es la edad, eh? que sí, que cada año que pasa me noto una tendencia muy marcada al enrollismo. (Ay mama, con lo que me llegabas -y aún me llegas, eh?- a alterar los nervios con eso y ahora, mírame! enrollándome como una persiana…”las cazos se parecen a las ollas”, me dices siempre, y tienes tanta razón….)

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Ahora sí, receta extrasúperfácil de la Coquettte, que no deja de ser una versión de la coca del yogur de toda la vida, pero esta vez en integral.

Ingredientes: 

  • 1 yogur (yo utilizo el de azúcar de caña sencillamente porque me vuelve lela)
  • Azúcar integral o panela (nosotros preferimos lo primero porque nos gusta mucho lo dulce y la panela parece que no lo es tanto)
  • 1 sobrecito de levadura
  • Harina integral
  • Aceite
  • 3 huevos
  • La ralladura de la piel de un limón (mmmmm, y qué bien huele!)
  • Un chorrito de anís (opcional) pero la Coquettte auténtica lo lleva, eh?. 😉
  • Un puñadito de almendras picadas (pero no muy trituradas, que se noten, que se “muerdan”, qué gustazo), la cantidad que queráis.
  • Pepitas de chocolate negro, la cantidad que queráis aunque recomendaría que no fuera mucho porque el cochocolate (sí, juro que lo he escrito así de forma natural), el “chocolate” contamina mucho el sabor.
  • Y…ya está creo…ah! bueno, un molde y papel para horno. Desde que descubrí este último y vi lo practico que resulta paso de perder el tiempo untando el molde con mantequilla. Pero eso lo dejo a vuestra elección.

Preparación

Horno a 180ºC.

En un bol incorporamos el yogur, utilizaremos, por supuesto, el envase para las medidas. Incorporaremos en el bol los huevos, 3 medidas del envase de yogur de harina, 3 medidas más de azúcar moreno (suelen ser 2 pero a la “Coquettte” le gusta ser dulce, y ya veréis, al ser azúcar integral no lo notaréis tanto), 1 medida de aceite (de oliva mejor). Tiramos el envase de yogur, gracias chico pero ya no nos haces falta. Incorporamos la levadura, la ralladura de limón (no sin antes haberla olido por ultima vez, mmmmm) y el chorrito, chiquitín, eh? de anís. Seguimos incorporando las almendras y por último el chocolate.

Ahora sacamos las varillas y venga, un ratito para ligar todos los ingredientes hasta que nos quede la típica masa de bizcocho. La colocaremos en el molde dónde ya habremos colocado el papel del horno (o lo habremos engrasado con mantequilla) y al horno unos 36-40 minutos. Iremos controlando introduciendo un palillo alargado en el centro para comprobar que no nos queda cruda.

Dejaremos enfriar y ya podemos darnos el gustazo de meredarnos un trocito (o dos 😉 ). A nosotros nos gusta ponerle un poquito de azúcar glas por encima para darle ese contraste estético tan chuli, pero es totalmente opcional.

Venga, a disfrutarla! 😉

 

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❥ El aullido nocturno

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Anteayer no tuve buen día. Soy consciente de que cuando soy consciente (valga la redundancia) de que la cama es el único lugar dónde quiero estar es que estoy muy mal o muy HARTA. Pero HARTA así, en negrita y mayúsculas. Y no sé si fue el hecho de que en casa solo estábamos los perros, los gatos y yo (bueno, y varios nidos de gorriones que me alegran las mañanas y que también cuentan) pero me rompí, implosioné, ¡qué digo! exploté desde la cama directa al techo, con lo limpito que estaba. Volé por la habitación hecha jirones, llena de helio e ira, de ira y dolor, de dolor e impotencia. Y fue esta última, la malnacida impotencia la causante de que me descubriera a mi misma llorando a moco tendido cara al techo, inundando los laterales de una almohada blanca dónde suelo derramar más sueños que lagrimas (una, que nació muy pero que muy poco llorona -creo que ya lo he explicado alguna vez- y optimista hasta la médula, o mejor dicho, con esa fe tan absurda de creer que una puede mejorar las cosas).

Estuve HARTA, pero harta de cuerpo cansado, de noticias familiares que afectan (jó, si afectan) e impotencia grande. Harta de demasiadas cosas en contra, harta de observar un techo de varios metros cuadrados donde yo, de muy niña, le hablaba a Dios. Pero eso fue –sin pretender por nada del mundo herir sensibilidades– antes de descubrir a Peter Pan, a Alicia, a Tambor o a Pongo, el Dálmata. Sí, puedo decir rotundamente que ya de niña cambie mis “rezos” por “el aullido de medianoche”. Y anteayer aullé. Aullé de HARTURA. Aullé de IMPOTENCIA, aullé como una loca con las orejas empapadas por las lagrimas, el pelo enmarañado y los ojos color infierno.

Aullé.

Y en cuanto oí que la casa se llenaba de una voz preadolescente enjugué mis lagrimas y mis orejas a la velocidad de la luz, me recogí el pelo en una cola y sonreí poniendo el aullido en vibración. Un aullido que vibraba suavemente como acunando el corazón y  los pulmones. Y así fue toda la noche, aunque admito que se me olvidó porque dormí de un tirón y de un color profundo, un color mar de plata. Y de pronto amaneció otro día, y de pronto me saludó otro cielo, y noté como el aullido no había cesado sino que se había transformado en sinfonía y ternura (de ahí que durmiera tan bien) y fueron tantos, tantos quienes me contestasteis, tantos quienes respondisteis a ese aullido noctuno que amanecí encendida en mil luces como la aurora boreal,un semáforo o un gusiluz.

Sonreí nada más despertar y hacía días que no lo hacía…

Gracias, millones y millones de veces, GRACIAS, pero qué digo!!!

  “auuuuuuuuuuuuuuuuuu !!!!! “

 

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❥ Nada puede…

introspecció

Me siento delante del ordenador. Me descalzo inmediatamente, ¡ay, qué gustazo! ¿verdad? pero ha sido sentir el frescor del suelo y automáticamente tener ganas de ir al baño. No tengo a mano las muletas (ni las quiero), no tengo ganas de llamar a nadie (ni depender), así que a falta de bolsillos me coloco el móvil dentro del sujetador (soy medio kamikaze pero no suicida) y me voy dando pasitos de yaya, lentamente, agarrándome a los marcos de las puertas, a las paredes, a la cómoda de la habitación, incluso al radiador del pasillo. Camino y voy susurrándome a mi misma que “nada puede hacerme caer”. Todo un triunfo llegar al baño y sentarse, ay que bien sientan los pequeños milagros. Otro triunfo aún más grande levantarse. De vuelta a mi estudio he seguido con la misma dinámica y el mismo susurro, “nada puede hacerme caer”, lo repetía a modo de mantra mientras mi recién estrenada pelvis se reía por lo bajini.

Y sí, señores, he vuelto a mi estudio. No sé lo que he tardado pero he vuelto, sin ayuda, a velocidad de tortuga, sí, pero me he sentado solita delante del ordenador y me he puesto tan contenta que me he inmortalizado a mí misma en esta foto tan horrorosa pero tan importante para mí. “Nada puede hacerme caer” que guay -he pensado- que poder de auto convicción más fuerte tengo, coñe.

Pero luego ha sido alzar la vista a la pantalla (sonaba James Arthur en spotify, eso lo sé), descalzarme, notar el frescor del suelo en la planta de mis pies y sentir una flojedad cayéndome a peso desde el techo (digo yo). Un cansancio tan, pero TAN  bestia, inmenso, como si hubiera ido a hacer pís al mismísimo puto Everest! (He necesitado incluso un par de minutos para adormitar y reponerme, lo juro.)

Sí, sí, ríete de mí Kilian Jornet…

 

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❥ Coquettte

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Iba a hablaros de la coquettte (con tres “t”, sí), que es un nombre que me he inventado tan pancha para esta coca integral que está riquísima. Iba incluso a poneros la receta (que os la pondré, palabra). Iba a ello, porque lo que menos quería es que este blog se convirtiera en un compendio de entradas que hablan de operaciones, dolor y días color abanico. Pero he recibido correos tan bonitos, tan dulces, tan de arrullo incitándome a contar como estoy, como sigue mi operación, como va esa pierna y esa pelvis. Porque sí, esta no fue una operación como las anteriores, en esta hubo que reconstruir una pelvis hecha polvo, que suena gordo y alto como una montaña, pero que es llevadero, sobretodo en el día a día. Pero tampoco voy a hablaros de dolores, pasitos cortos ni nada de eso, sino de “algo” que me ha regalado esta operación y que no esperaba. A ver, cuando te pasan situaciones duras siempre (re)descubres a quien tienes a tu lado, a quien de verdad de la buena se preocupa por ti y si no puede venir a verte (he tenido muy pocas ganas de visitas, mea culpa) te envía mensajes escritos con tinta del corazón, y eso se nota y eso abriga tanto, y me siento TAN agradecida ¡Tanto! Gente a mi alrededor, gente del blog, gente maravillosa de Instagram, gente que era anónima o casi y a quienes he redescubierto a través del cariño.

Pero fijaros, tampoco es de eso de lo que pretendía hablaros (ay, como me estoy enrollando, perdón) sino qué, de pronto, ha nacido en mí la necesidad de expresar mi cariño innato, y era algo que yo tenía retenido dentro, encallado en alguna costilla, qué sé yo y a saber porqué. He dicho “Te quiero” tantas veces en estos días, y no lo he dicho en general ni por decir, NO, lo he dicho a la gente que de verdad quiero, a la gente que de verdad me importa, a la gente que con un mero, sencillo, diminuto gesto me ha hecho llorar. Y he llorado, ayyy madre, he llorado tanto estos días que parece que en vez de la cadera me hubieran operado del corazón. O quizá es que sin saberlo han estirado de un cable invisible y el ovillo se ha desenredado y las lagrimas dulces han caído a granel sin miedo ni vergüenza. A saco, como los abrazos largos y los ¡te quiero!

Desenredemos el ovillo, de verdad, vale la pena sentir así, vale la pena abrazar y expresar los latidos, ponerles nombre y redireccionarlos a las personas que de verdad  lo merecen.

Y sobre todo merece la pena vivir sin miedo, con el corazón abierto tan de par en par que te quepa dentro todo el amor del mundo. 

 

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