❥ Coquettte

Processed with VSCO with hb1 preset

Iba a hablaros de la coquettte (con tres “t”, sí), que es un nombre que me he inventado tan pancha para esta coca integral que está riquísima. Iba incluso a poneros la receta (que os la pondré, palabra). Iba a ello, porque lo que menos quería es que este blog se convirtiera en un compendio de entradas que hablan de operaciones, dolor y días color abanico. Pero he recibido correos tan bonitos, tan dulces, tan de arrullo incitándome a contar como estoy, como sigue mi operación, como va esa pierna y esa pelvis. Porque sí, esta no fue una operación como las anteriores, en esta hubo que reconstruir una pelvis hecha polvo, que suena gordo y alto como una montaña, pero que es llevadero, sobretodo en el día a día. Pero tampoco voy a hablaros de dolores, pasitos cortos ni nada de eso, sino de “algo” que me ha regalado esta operación y que no esperaba. A ver, cuando te pasan situaciones duras siempre (re)descubres a quien tienes a tu lado, a quien de verdad de la buena se preocupa por ti y si no puede venir a verte (he tenido muy pocas ganas de visitas, mea culpa) te envía mensajes escritos con tinta del corazón, y eso se nota y eso abriga tanto, y me siento TAN agradecida ¡Tanto! Gente a mi alrededor, gente del blog, gente maravillosa de Instagram, gente que era anónima o casi y a quienes he redescubierto a través del cariño.

Pero fijaros, tampoco es de eso de lo que pretendía hablaros (ay, como me estoy enrollando, perdón) sino qué, de pronto, ha nacido en mí la necesidad de expresar mi cariño innato, y era algo que yo tenía retenido dentro, encallado en alguna costilla, qué sé yo y a saber porqué. He dicho “Te quiero” tantas veces en estos días, y no lo he dicho en general ni por decir, NO, lo he dicho a la gente que de verdad quiero, a la gente que de verdad me importa, a la gente que con un mero, sencillo, diminuto gesto me ha hecho llorar. Y he llorado, ayyy madre, he llorado tanto estos días que parece que en vez de la cadera me hubieran operado del corazón. O quizá es que sin saberlo han estirado de un cable invisible y el ovillo se ha desenredado y las lagrimas dulces han caído a granel sin miedo ni vergüenza. A saco, como los abrazos largos y los ¡te quiero!

Desenredemos el ovillo, de verdad, vale la pena sentir así, vale la pena abrazar y expresar los latidos, ponerles nombre y redireccionarlos a las personas que de verdad  lo merecen.

Y sobre todo merece la pena vivir sin miedo, con el corazón abierto tan de par en par que te quepa dentro todo el amor del mundo. 

 

1