❥ Nada puede…

introspecció

Me siento delante del ordenador. Me descalzo inmediatamente, ¡ay, qué gustazo! ¿verdad? pero ha sido sentir el frescor del suelo y automáticamente tener ganas de ir al baño. No tengo a mano las muletas (ni las quiero), no tengo ganas de llamar a nadie (ni depender), así que a falta de bolsillos me coloco el móvil dentro del sujetador (soy medio kamikaze pero no suicida) y me voy dando pasitos de yaya, lentamente, agarrándome a los marcos de las puertas, a las paredes, a la cómoda de la habitación, incluso al radiador del pasillo. Camino y voy susurrándome a mi misma que “nada puede hacerme caer”. Todo un triunfo llegar al baño y sentarse, ay que bien sientan los pequeños milagros. Otro triunfo aún más grande levantarse. De vuelta a mi estudio he seguido con la misma dinámica y el mismo susurro, “nada puede hacerme caer”, lo repetía a modo de mantra mientras mi recién estrenada pelvis se reía por lo bajini.

Y sí, señores, he vuelto a mi estudio. No sé lo que he tardado pero he vuelto, sin ayuda, a velocidad de tortuga, sí, pero me he sentado solita delante del ordenador y me he puesto tan contenta que me he inmortalizado a mí misma en esta foto tan horrorosa pero tan importante para mí. “Nada puede hacerme caer” que guay -he pensado- que poder de auto convicción más fuerte tengo, coñe.

Pero luego ha sido alzar la vista a la pantalla (sonaba James Arthur en spotify, eso lo sé), descalzarme, notar el frescor del suelo en la planta de mis pies y sentir una flojedad cayéndome a peso desde el techo (digo yo). Un cansancio tan, pero TAN  bestia, inmenso, como si hubiera ido a hacer pís al mismísimo puto Everest! (He necesitado incluso un par de minutos para adormitar y reponerme, lo juro.)

Sí, sí, ríete de mí Kilian Jornet…

 

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