❥ De erizo y luz

Hace ya algún tiempo me dio por pensar -de esa forma fugaz y llena de suspiros- que me gustaría haberme plantado en los 35 años. Sí. No para siempre, por supuesto, pero sí un poco más. Tenía esos años cuando fui madre por primera vez y ese acontecimiento marcó un hito rotundo en mi vida, un eje desde el cual late mi universo entero. Me gustaría haberme anclado algunos años muchos en los 35 años. Pero no es así, qué le vamos a hacer. También me gustaría decir que he llegado a un punto en el que la madurez me equilibra irremediablemente. Que me atrapa esa gustosa calma de melocotón que poseen quienes saben lo suficiente como para caminar firmes y plenos. Me gustaría decirlo, sí. Pero tampoco sería verdad. Soy una eterna aprendiz de vida. Una aprendiz que, para más inri, pertenece a ese tipo de individuos tocados por una zarpa críptica, pelín compleja y extra sensible. Una complejidad de erizo que solemos esconder bajo una manta de fluidez anestésica, algo huidiza y bastante solitaria. Somos así, del genero “rarito”, pero tampoco duele, eh?

Sé que hay parcelas de mí misma que afortunadamente no llenaré jamás. Y afortunadamente también sé que siempre estaré hambrienta de vida, de semillas, de letras, de ternura, de luz. Sobre todo la que irradian mis hijos, mi amor, mi familia, mis amigos, mi casa y la sencillez de lo cotidiano. Una luz mágica, maravillosa. Una luz como de cien mil luciérnagas.

(o más)

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❥ Código(s)

Creo que la primera vez que escribí lo hice por dentro. No cogí un papel sino que me usé de lienzo a mí misma (aún lo hago). Sí, seguramente empecé a escribirme por el hueso del dedo pequeño de un pie, seguro que el derecho porque soy diestra. La base de la historia de mi vida está escrita en esos diez dedos. Luego y a medida que mi cuerpo crecía decidí ir subiendo, dibujando flores de tres pétalos en los bordillos de calcio hasta que llegados a la rodilla me pudo el cansancio y descubrí la pasión por la hoja en blanco. De adolescente escribía textos en espiral, todos ellos con boli verdebosque, de esa forma conseguía que la gente que pretendía leer mi diario (o lo que fuera) se cansara al tercer giro y dejara mis paranoias en paz. Mi madre era especialista en robarme las espirales, nunca se cansaba por mucho que yo empequeñeciera y retorciera la letra (de hecho sé que aún lo hace).

Hoy soy yo quien leo las espirales de mis hijos. A veces las encuentro camufladas dentro de sus dibujos, otras, la mayoría, en el fondo de sus ojos. Y nunca me canso de leerlas, nuncanuncanunca, y sé que jamás me cansaré de hacerlo por mucho que ellos crezcan, giren y empequeñezcan las letras. ♡

IrmaLóFotografía

 

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❥ De ida y vuelta

“Lo mejor del olvido es el recuerdo” Gloria Fuertes

soloporlaluz

Siempre me ha gustado contemplar el paisaje por el retrovisor del coche. Es como si viera el camino andado desde otra perspectiva, un punto en movimiento lejano y cercano a la vez que le otorga una dimensión muy diferente. El retrovisor de un coche se asemeja al proyector de recuerdos que una archiva y que luego rescata para cerciorarse de que en cada pase, en cada nueva visión de ellos, los créditos cambian sutilmente y las emociones de lo ya vivido van perfilandose de forma diferente.

Debe ser qué, al igual que el paisaje que habita en un retrovisor, los recuerdos son un camino hecho al revés.

 

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❥ Saborear el frío

No sé si me gusta toda esta etapa de tránsito solo sé que una parte de mí la necesita. Es la misma parte que moldea anatómicamente el destiempo y me repite, una y mil veces, que hay que permitirse frenar el motor interno, lamer suavemente las astillas del vértigo, saborear el frío.

Saborear el frío

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❥ De blanco

La nieve nos pilló desprevenidos de camino a casa. A penas pudimos parar para hacer cuatro fotos furtivas y enfilar de nuevo un regreso complejo. El espectáculo blanco, eso sí, nos dejó maravillados. Nieva en mi pequeño trocito de paraíso. Nieva…

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Neu

(Parc natural del Montseny)

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❥ Como de miel y nubes

No me quito esa sensación del cuerpo. He soñado que unas arañas grises (gordas y terroríficas) se me colaban en el zapato del pie derecho (justamente) y me picaban o mordían o lo que puñetas hagan las arañas. Tremendo. Además yo gritaba porque me veía incapaz de quitármelas y nadie me hacía ni puñetero caso. En fin, de las arañas he pasado a irme de bodorrio, que no sé qué es peor. Luego he mezclado sueños y emociones en bucle, yo qué sé, una paranoia, un estrés total, tanto que a las 3am me he despertado con la sensación de haber dormido solo 5 minutos. Y quizá sea por la angustia comprimida que hoy, cuando me has abrazado al despertar, lo primero que te he soltado a bocajarro -antes incluso que los buenos días- ha sido la tragedia de las arañas. “Y eran grises?”, me has preguntado, “sí, de un gris clarito, como de nubes.”

En fin, por suerte mañana es sábado y los sábados son días de desayunar lento, sin prisa, sin voces, apartando cualquier pesadilla de la espalda y regocijándonos en la dulzura de las horas sin peso, ingrávidas, vaporosas. Como de miel y nubes. 

Desayuno

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