Palmeritas de hojaldre con Nutella

Hoy va de recetas, y además de esas que a mí me gustan, rápidas, fáciles y ricas. 😉

La primera vez que las hice me quedaron, no os engaño, como un auténtico churro. De palmeritas nada de nada, aquello eran unas espirales rarísimas, pero eso sí, muy buenas, tanto que volaron en una merienda. La segunda vez ya me quedaron mejor de aspecto y como me han pedido la receta pues que menos que compartirla aquí en el blog. Veréis lo fácil que es, lo rápido que se preparan y lo poco que duran, mmmm!

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¿Qué necesitas? pues solo 3 cosas:

  • 1 lámina de hojaldre (con mantequilla mejor)
  • 1 bote de Nutella o Nocilla
  • No temer al lobo feroz de las calorías

Poco, no? 🙂

➳ Primer paso:

Cortar la lamina de hojaldre por la mitad y untar ambas mitades con Nutella o Nocilla.

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 Segundo paso:

No rechuparse los dedos o el cuchillo de untar, que os veo. A ver quien es capaz, jejeje, bueno, podéis omitir este paso, venga.

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 Tercer paso:

Enroscarlo por un extremo justo hasta la mitad de la lamina, hacer lo mismo con el otro hasta que se toquen en el centro. Bueno, como no sé si me explico bien os dejo la foto aquí abajo. Cuando lo tengamos enroscadito lo meteremos en el congelador una media hora más o menos.

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Cuarto paso: 

Cortar a rodajas de un dedo más o menos y colocarlas sobre papel de hornear dejando espacio entre ellas porque el hojaldre es mutante y duplica su tamaño (ojito). Meterlo al horno a 180º unos 20-25 minutos si os gustan más doraditas, si no con unos 15 minutillos tenéis suficiente.

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Quinto y último paso:

El mejor, colocarlas en un plato, disfrutar del olorcito rico que te ha quedado en la cocina y zampártelas. Puedes espolvorearles azúcar glas si eres de los golosos nivel 10, pero si no tal cual están riquísimas. Y te aviso, son adictivas!

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Bon appétit! 😉

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❥ El alma de un instante

¿Por qué el blanco y negro atrapa tanto las emociones? Al menos en mi caso me sucede así. Las fotos a color son mágicas, tienen alas, luz, una primavera visual que te inspira, pero el blanco y negro…aisss! el blanco y negro tiene un aura especial, un alma latente que a mí, y ya lo he dicho alguna vez, me apasiona y me traspasa. El blanco y negro capta el instante como en una radiografía, a fondo, hasta el hueso de la emoción. Pero repito, yo lo percibo así.

Me gustaría haber hecho esta foto infinitamente mejor, abriendo más el plano, que los dos protagonistas quedaran un poco más juntos, tantas cosas! Pero fue tan, tan improvisada… Charloteábamos y de pronto vi a mi hijo mayor mirarse al espejo serio, de forma casi introspectiva mientras que el pequeño, a su vez, le observaba atento. Apenas me dio tiempo a deslizar el brazo y coger disimuladamente la cámara para disparar. A la porra se me fue cualquier técnica. Aún así me gusta. Me gusta porque pillé al vuelo ese gesto, esa mirada (que duró un segundo) y esa estampa qué, curiosamente, habla mucho de nuestro día a día. La infancia difuminándose poco a poco y la adolescencia, compleja, laberíntica, difícil pero maravillosa (a veces) mirándose de frente al espejo.

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❥ Breverías de fin de semana

Amanecer sin prisa, desayunar con la paciencia del tiempo en cada sorbo de café, cocinar por placer, (bailar y cantar al hacerlo), elegir una peli entre los cuatro, quedarme dormida en el sofá y soñar con escaleras, comprar para seguir cocinando, para seguir cantando y bailando, ir al teatro a ver Faemino y Cansado (reírnos antes, reírnos mientras, reírnos después), cenar en una pizzeria y pedir ensalada de champiñones con parmesano (mmmm), despertarnos temprano, ver amanecer, preparar verduras al horno, jugar al Catan y comprobar como tu hijo pequeño te gana una y otra vez, seguir riendo, seguir cantando, seguir bailando, tarde maratoniana con maraton man, apagar la tele, deberes, repaso de examen de medio (en mis tiempos “naturales”), encender la chimenea, pegarse a ella, leer mientras el viento golpea los cristales, sentir, abrazar, cocinar, suspirar, dormir, amar….VIVIR.

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¿Y vosotros?  ¿qué tal vuestro finde? 🙂

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❥ Bosque…

Recuerdo que de pequeña, cuando me dolía tanto (tantísimo) el caminar, pensaba en una palabra transportadora. Una palabra que me llevara a algún lugar lejano, que le pusiera alas a mis pies, que me elevara por encima de los tejados de mi vida, libre, aérea, lejos, allí.

“Margaritas” (escogía bien las palabras con alas, eh? 😉 ) “luciérnagas”, “lápiz”, “sugus”, “tortuga”, “luna”, “Merlín” “bosque, bosque, bosque”. Repetirlo me proyectaba aún más lejos y el suelo hostil se volvía de pronto tan algodonoso que el dolor se esfumaba. O casi.

Ahora sigue doliéndome el caminar, pero el peso del suelo llega principalmente desde el pequeño alambre de los equilibrios diarios. Aún así, cuando la vida me estruja demasiado o me ahoga, yo continúo echando mano a mi particular técnica secreta de escape…

“brisa”
“regaliz”
“sandalias”
“mermelada”

Las cosas pequeñas siguen teniendo su don, el poder sublime de hacerme sentir ingrávida.

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¿Un poco de música? —>