❥ Esa otra primavera

Que el otoño me recompone es un hecho. Y no sólo porque es la estación en la que mejor me encuentro físicamente (cosa que me motiva) sino porque además me regenera interiormente. El otoño es belleza, es tregua, es mi arrullo particular, mi estación. Pero esta vez siento que me recompone de distinta manera. No sé si por aquello de “si siempre haces las cosas de la misma manera obtendrás los mismos resultados” pero he empezado a mover fichas en diferentes direcciones y posturas. En especial he recolocado mi ánimo mirando al sol, al horizonte, al optimismo, a los cambios y, sobre todo, a la calma que ofrece el bajar los brazos y dejarse llevar. Últimamente tenía la sensación de revivir un bucle demasiado ahogadizo, repleto de angustias y responsabilidades de todo tipo (mías y de los demás), esa manía mía por intentar abarcarlo todo, por controlar las estructuras de ese mecano que hace más amable la vida. No siempre es así y compruebo que es bueno (más que bueno, incluso saludable) el derrumbe de piezas que permite nuevas formas, nuevos giros. Hay que saber delegar, abrir la mano y dejar que todo fluya sin más.

Como si fuera fácil, eh?

Yo estoy aprendiéndolo, o al menos intentando ponerlo en practica poco a poco, día a día. Por suerte el otoño –esa otra primavera de mi alma– es un buen aliado.

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❥ Nacer torcida

La escucho hablar. Lo hace de forma pausada y con ese sonido de arena que a mí me electriza la dorsal porque es capaz de captar toda, absolutamente toda mi atención. La escucho. Tiene mi edad y la cabeza tan bien hilada que la admiro irremediablemente. La escucho y pienso en mi yo pequeño dando giros sobre la vertical, dando volteretas y ella allí, recta, con los pies alineados, las cosas claras, la letra centrada y arenosa, centrada y lineal, centrada y perfecta. La escucho. Las partículas de sus consonantes forman grumos sobre mis párpados. La escucho y cuanto más lo hago más me crece la certeza de que en algún momento de mi vida me torcí sobre el eje hasta convertirme en una minúscula espiral.

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Y una parte de mí, cada vez más grande y fuerte, se siente feliz por ello.

 

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❥ Llueve

Llueve. La primavera revoltosa sonríe, ajena al reclamo, enamorada hasta las pestañas de un recuerdo de invierno. Llueve y al salir de casa escucho a alguien lanzando maldiciones climáticas llenas de asteriscos, rayos y truenos, me parece oírlas desde una lejanía adimensional. Llueve mientras yo levanto la cara y pienso en las flores, los pájaros, el bosque. Cierro los ojos y sonrío como si recibiera un bautismo de excitación eléctrica. Llueve, me nace un pequeño suspiro de satisfacción emocional. No me canso de decirlo, me hechiza cuando la lluvia me desordena el instante, el alma y las pecas.

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¡Buen fin de semana!

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❥ Bosque…

Recuerdo que de pequeña, cuando me dolía tanto (tantísimo) el caminar, pensaba en una palabra transportadora. Una palabra que me llevara a algún lugar lejano, que le pusiera alas a mis pies, que me elevara por encima de los tejados de mi vida, libre, aérea, lejos, allí.

“Margaritas” (escogía bien las palabras con alas, eh? 😉 ) “luciérnagas”, “lápiz”, “sugus”, “tortuga”, “luna”, “Merlín” “bosque, bosque, bosque”. Repetirlo me proyectaba aún más lejos y el suelo hostil se volvía de pronto tan algodonoso que el dolor se esfumaba. O casi.

Ahora sigue doliéndome el caminar, pero el peso del suelo llega principalmente desde el pequeño alambre de los equilibrios diarios. Aún así, cuando la vida me estruja demasiado o me ahoga, yo continúo echando mano a mi particular técnica secreta de escape…

“brisa”
“regaliz”
“sandalias”
“mermelada”

Las cosas pequeñas siguen teniendo su don, el poder sublime de hacerme sentir ingrávida.

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¿Un poco de música? —>