❥ Llueve

Llueve. La primavera revoltosa sonríe, ajena al reclamo, enamorada hasta las pestañas de un recuerdo de invierno. Llueve y al salir de casa escucho a alguien lanzando maldiciones climáticas llenas de asteriscos, rayos y truenos, me parece oírlas desde una lejanía adimensional. Llueve mientras yo levanto la cara y pienso en las flores, los pájaros, el bosque. Cierro los ojos y sonrío como si recibiera un bautismo de excitación eléctrica. Llueve, me nace un pequeño suspiro de satisfacción emocional. No me canso de decirlo, me hechiza cuando la lluvia me desordena el instante, el alma y las pecas.

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¡Buen fin de semana!

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❥ Bosque…

Recuerdo que de pequeña, cuando me dolía tanto (tantísimo) el caminar, pensaba en una palabra transportadora. Una palabra que me llevara a algún lugar lejano, que le pusiera alas a mis pies, que me elevara por encima de los tejados de mi vida, libre, aérea, lejos, allí.

“Margaritas” (escogía bien las palabras con alas, eh? 😉 ) “luciérnagas”, “lápiz”, “sugus”, “tortuga”, “luna”, “Merlín” “bosque, bosque, bosque”. Repetirlo me proyectaba aún más lejos y el suelo hostil se volvía de pronto tan algodonoso que el dolor se esfumaba. O casi.

Ahora sigue doliéndome el caminar, pero el peso del suelo llega principalmente desde el pequeño alambre de los equilibrios diarios. Aún así, cuando la vida me estruja demasiado o me ahoga, yo continúo echando mano a mi particular técnica secreta de escape…

“brisa”
“regaliz”
“sandalias”
“mermelada”

Las cosas pequeñas siguen teniendo su don, el poder sublime de hacerme sentir ingrávida.

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¿Un poco de música? —>

❥ luciérnagas, grillos, constelaciones…

Mañana entra el otoño. Siento todas las luciérnagas de mi cuerpo en danza. Los grillos, las constelaciones (tan bien anidadas sobre mi piel), todo parece clamar la llegada de mi estación central. Nunca he sabido ni sabré explicar mi pasión por el otoño, quizá sea porque nací en su núcleo, no lo sé, no me importa. Llega el otoño, lo percibo, lo espero, lo anhelo, lo sueño y sonrío.

Sueñrío, sí

Como la dulce Duna.

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Esto lo escribí el año pasado en mi blog de margaritas,
sólo que en vez de Duna era Mel quien sonreía.

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❥ Flores de invierno

No hay más tiempo que el que sostengo en el filo de mis pestañas, me digo mientras riego las flores de invierno y el día se deja mimar desde los pies. Lo importante son los surcos del camino -me repito- los surcos…frenar, sentarse en ellos, ser conscientes del horizonte temporal. Los minutos son irrisorios, el tiempo se desmide a sí mismo, se sueña y se desvanece. Es importante desacelerar el paso, hacerlo sin fricción, con suavidad, frenar para recoger los pensamientos y trenzarse un destello de lucidez en el pelo.

A veces creo que hay algo sagrado en el acto de regar flores, como si al volcar el agua sobre la tierra se me derramara el hueso de una ansiedad recién parida.

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