❥ De erizo y luz

Hace ya algún tiempo me dio por pensar -de esa forma fugaz y llena de suspiros- que me gustaría haberme plantado en los 35 años. Sí. No para siempre, por supuesto, pero sí un poco más. Tenía esos años cuando fui madre por primera vez y ese acontecimiento marcó un hito rotundo en mi vida, un eje desde el cual late mi universo entero. Me gustaría haberme anclado algunos años muchos en los 35 años. Pero no es así, qué le vamos a hacer. También me gustaría decir que he llegado a un punto en el que la madurez me equilibra irremediablemente. Que me atrapa esa gustosa calma de melocotón que poseen quienes saben lo suficiente como para caminar firmes y plenos. Me gustaría decirlo, sí. Pero tampoco sería verdad. Soy una eterna aprendiz de vida. Una aprendiz que, para más inri, pertenece a ese tipo de individuos tocados por una zarpa críptica, pelín compleja y extra sensible. Una complejidad de erizo que solemos esconder bajo una manta de fluidez anestésica, algo huidiza y bastante solitaria. Somos así, del genero “rarito”, pero tampoco duele, eh?

Sé que hay parcelas de mí misma que afortunadamente no llenaré jamás. Y afortunadamente también sé que siempre estaré hambrienta de vida, de semillas, de letras, de ternura, de luz. Sobre todo la que irradian mis hijos, mi amor, mi familia, mis amigos, mi casa y la sencillez de lo cotidiano. Una luz mágica, maravillosa. Una luz como de cien mil luciérnagas.

(o más)

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❥ Esa otra primavera

Que el otoño me recompone es un hecho. Y no sólo porque es la estación en la que mejor me encuentro físicamente (cosa que me motiva) sino porque además me regenera interiormente. El otoño es belleza, es tregua, es mi arrullo particular, mi estación. Pero esta vez siento que me recompone de distinta manera. No sé si por aquello de “si siempre haces las cosas de la misma manera obtendrás los mismos resultados” pero he empezado a mover fichas en diferentes direcciones y posturas. En especial he recolocado mi ánimo mirando al sol, al horizonte, al optimismo, a los cambios y, sobre todo, a la calma que ofrece el bajar los brazos y dejarse llevar. Últimamente tenía la sensación de revivir un bucle demasiado ahogadizo, repleto de angustias y responsabilidades de todo tipo (mías y de los demás), esa manía mía por intentar abarcarlo todo, por controlar las estructuras de ese mecano que hace más amable la vida. No siempre es así y compruebo que es bueno (más que bueno, incluso saludable) el derrumbe de piezas que permite nuevas formas, nuevos giros. Hay que saber delegar, abrir la mano y dejar que todo fluya sin más.

Como si fuera fácil, eh?

Yo estoy aprendiéndolo, o al menos intentando ponerlo en practica poco a poco, día a día. Por suerte el otoño –esa otra primavera de mi alma– es un buen aliado.

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❥ Nacer torcida

La escucho hablar. Lo hace de forma pausada y con ese sonido de arena que a mí me electriza la dorsal porque es capaz de captar toda, absolutamente toda mi atención. La escucho. Tiene mi edad y la cabeza tan bien hilada que la admiro irremediablemente. La escucho y pienso en mi yo pequeño dando giros sobre la vertical, dando volteretas y ella allí, recta, con los pies alineados, las cosas claras, la letra centrada y arenosa, centrada y lineal, centrada y perfecta. La escucho. Las partículas de sus consonantes forman grumos sobre mis párpados. La escucho y cuanto más lo hago más me crece la certeza de que en algún momento de mi vida me torcí sobre el eje hasta convertirme en una minúscula espiral.

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Y una parte de mí, cada vez más grande y fuerte, se siente feliz por ello.

 

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❥ Llueve

Llueve. La primavera revoltosa sonríe, ajena al reclamo, enamorada hasta las pestañas de un recuerdo de invierno. Llueve y al salir de casa escucho a alguien lanzando maldiciones climáticas llenas de asteriscos, rayos y truenos, me parece oírlas desde una lejanía adimensional. Llueve mientras yo levanto la cara y pienso en las flores, los pájaros, el bosque. Cierro los ojos y sonrío como si recibiera un bautismo de excitación eléctrica. Llueve, me nace un pequeño suspiro de satisfacción emocional. No me canso de decirlo, me hechiza cuando la lluvia me desordena el instante, el alma y las pecas.

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¡Buen fin de semana!

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❥ Bosque…

Recuerdo que de pequeña, cuando me dolía tanto (tantísimo) el caminar, pensaba en una palabra transportadora. Una palabra que me llevara a algún lugar lejano, que le pusiera alas a mis pies, que me elevara por encima de los tejados de mi vida, libre, aérea, lejos, allí.

“Margaritas” (escogía bien las palabras con alas, eh? 😉 ) “luciérnagas”, “lápiz”, “sugus”, “tortuga”, “luna”, “Merlín” “bosque, bosque, bosque”. Repetirlo me proyectaba aún más lejos y el suelo hostil se volvía de pronto tan algodonoso que el dolor se esfumaba. O casi.

Ahora sigue doliéndome el caminar, pero el peso del suelo llega principalmente desde el pequeño alambre de los equilibrios diarios. Aún así, cuando la vida me estruja demasiado o me ahoga, yo continúo echando mano a mi particular técnica secreta de escape…

“brisa”
“regaliz”
“sandalias”
“mermelada”

Las cosas pequeñas siguen teniendo su don, el poder sublime de hacerme sentir ingrávida.

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¿Un poco de música? —>

❥ luciérnagas, grillos, constelaciones…

Mañana entra el otoño. Siento todas las luciérnagas de mi cuerpo en danza. Los grillos, las constelaciones (tan bien anidadas sobre mi piel), todo parece clamar la llegada de mi estación central. Nunca he sabido ni sabré explicar mi pasión por el otoño, quizá sea porque nací en su núcleo, no lo sé, no me importa. Llega el otoño, lo percibo, lo espero, lo anhelo, lo sueño y sonrío.

Sueñrío, sí

Como la dulce Duna.

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Esto lo escribí el año pasado en mi blog de margaritas,
sólo que en vez de Duna era Mel quien sonreía.

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❥ Flores de invierno

No hay más tiempo que el que sostengo en el filo de mis pestañas, me digo mientras riego las flores de invierno y el día se deja mimar desde los pies. Lo importante son los surcos del camino -me repito- los surcos…frenar, sentarse en ellos, ser conscientes del horizonte temporal. Los minutos son irrisorios, el tiempo se desmide a sí mismo, se sueña y se desvanece. Es importante desacelerar el paso, hacerlo sin fricción, con suavidad, frenar para recoger los pensamientos y trenzarse un destello de lucidez en el pelo.

A veces creo que hay algo sagrado en el acto de regar flores, como si al volcar el agua sobre la tierra se me derramara el hueso de una ansiedad recién parida.

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