❥ Nada me sabe mejor

Nunca recuerdo cuando se va oficialmente el Otoño. Todo el mundo habla ya de invierno pero… no sé. Tampoco me importa demasiado. Para mí los cambios de estación son puramente anímicos, los rige la luz ambiental y la forma en la que esta es capaz de calarme el pecho. Sinceramente, a este paso creo que llegará Febrero, florecerán de rosa todos-toditos los almendros y yo seguiré proclamando el Otoño. Mi rotundo derecho a él.

Estamos casi a mediados de Diciembre y aún no he puesto ni un adorno navideño. Cosa rara en mí, pero no noto presión alguna, me siento en parte como instalada en un octubre tardío. Así que este año lo cerraré a mi ritmo, a mi aire, agradeciendo la lentitud de mis pasos, la luz tenue y dulce del horizonte, el aire frío que me alisa las mejillas y me enrojece la nariz. Nada, absolutamente nada, me sabe mejor que este instante.

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❥ La luz a mordiscos

No sé en qué momento el otoño se me atascó en el pecho. Frenó repentinamente haciendo un sonido intenso, un chirrido agudo que se volvió alambre y por el cual he ido caminando lentamente, silenciosa, intentando mantener el equilibrio para no despertar al enjambre. Ahora, inmersa en estos días de tregua, me digo que quiero comerme el aire a mordiscos, el sol a mordiscos, el frío a mordiscos, la luz a mordiscos. Así que inspiro fuerte y el otoño vuelve a pedalear. Muy lento, mucho, pero muy directo.

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❥ Ahora que la luz invita

El Otoño “me sabe” a incienso. No, no, mejor dicho, el Otoño ES incienso. Mientras lo enciendo pienso en hacer galletas, o quizá panellets!,  y me sorprendo porque de un tiempo a esta parte toda yo he cambiado. Antes no me gustaba cocinar, y ahora… Antes me encantaban el bullicio, las voces, el caos, los debates y ahora… Bueno, quizá esos cambios no sean más que saturación, ciclos, situaciones, nudos espaciados del cordón vital. Quizá tengan mucho que ver el cansancio, el otoño, el dolor o las hormonas (a veces creo que las personas no somos más que meros impulsos hormonales) pero estos días tengo los oídos ciegos y son enormes las ganas de recogerme en un pliegue de calma. La luz invita, claro. Tan tenue, tan suave, tan de caricias y arrímate.

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❥ Solo en ella

Estamos en Octubre pero no consigo encontrar el Otoño. Salvo en la luz. En la luz mutante siempre percibo el giro. Y puede llegar a provocarme vértigo pero siento adoración máxima por el cambio, por ese sutil movimiento de todo…

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❥ Nacer torcida

La escucho hablar. Lo hace de forma pausada y con ese sonido de arena que a mí me electriza la dorsal porque es capaz de captar toda, absolutamente toda mi atención. La escucho. Tiene mi edad y la cabeza tan bien hilada que la admiro irremediablemente. La escucho y pienso en mi yo pequeño dando giros sobre la vertical, dando volteretas y ella allí, recta, con los pies alineados, las cosas claras, la letra centrada y arenosa, centrada y lineal, centrada y perfecta. La escucho. Las partículas de sus consonantes forman grumos sobre mis párpados. La escucho y cuanto más lo hago más me crece la certeza de que en algún momento de mi vida me torcí sobre el eje hasta convertirme en una minúscula espiral.

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Y una parte de mí, cada vez más grande y fuerte, se siente feliz por ello.

 

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❥ Volver sin volver

Hubo un tiempo en el que la adoraba y necesitaba, sumergirme en ella, organizarme mental y físicamente, hubo un tiempo en el que Septiembre me parecía uno de los meses más amables del calendario. Pero este año todo es diferente, o quizá sea yo la diferente. Noto la emoción, no sé, como retractilada y la necesidad de respirar muy despacio, muy hacia adentro. En fin, hoy volvemos a la rutina de los madrugones forzados y las prisas sin cuartel. Y me cuesta…(infinito).

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❥ El aullido nocturno

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Anteayer no tuve buen día. Soy consciente de que cuando soy consciente (valga la redundancia) de que la cama es el único lugar dónde quiero estar es que estoy muy mal o muy HARTA. Pero HARTA así, en negrita y mayúsculas. Y no sé si fue el hecho de que en casa solo estábamos los perros, los gatos y yo (bueno, y varios nidos de gorriones que me alegran las mañanas y que también cuentan) pero me rompí, implosioné, ¡qué digo! exploté desde la cama directa al techo, con lo limpito que estaba. Volé por la habitación hecha jirones, llena de helio e ira, de ira y dolor, de dolor e impotencia. Y fue esta última, la malnacida impotencia la causante de que me descubriera a mi misma llorando a moco tendido cara al techo, inundando los laterales de una almohada blanca dónde suelo derramar más sueños que lagrimas (una, que nació muy pero que muy poco llorona -creo que ya lo he explicado alguna vez- y optimista hasta la médula, o mejor dicho, con esa fe tan absurda de creer que una puede mejorar las cosas).

Estuve HARTA, pero harta de cuerpo cansado, de noticias familiares que afectan (jó, si afectan) e impotencia grande. Harta de demasiadas cosas en contra, harta de observar un techo de varios metros cuadrados donde yo, de muy niña, le hablaba a Dios. Pero eso fue –sin pretender por nada del mundo herir sensibilidades– antes de descubrir a Peter Pan, a Alicia, a Tambor o a Pongo, el Dálmata. Sí, puedo decir rotundamente que ya de niña cambie mis “rezos” por “el aullido de medianoche”. Y anteayer aullé. Aullé de HARTURA. Aullé de IMPOTENCIA, aullé como una loca con las orejas empapadas por las lagrimas, el pelo enmarañado y los ojos color infierno.

Aullé.

Y en cuanto oí que la casa se llenaba de una voz preadolescente enjugué mis lagrimas y mis orejas a la velocidad de la luz, me recogí el pelo en una cola y sonreí poniendo el aullido en vibración. Un aullido que vibraba suavemente como acunando el corazón y  los pulmones. Y así fue toda la noche, aunque admito que se me olvidó porque dormí de un tirón y de un color profundo, un color mar de plata. Y de pronto amaneció otro día, y de pronto me saludó otro cielo, y noté como el aullido no había cesado sino que se había transformado en sinfonía y ternura (de ahí que durmiera tan bien) y fueron tantos, tantos quienes me contestasteis, tantos quienes respondisteis a ese aullido noctuno que amanecí encendida en mil luces como la aurora boreal,un semáforo o un gusiluz.

Sonreí nada más despertar y hacía días que no lo hacía…

Gracias, millones y millones de veces, GRACIAS, pero qué digo!!!

  “auuuuuuuuuuuuuuuuuu !!!!! “

 

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