❥ Bosque…

Recuerdo que de pequeña, cuando me dolía tanto (tantísimo) el caminar, pensaba en una palabra transportadora. Una palabra que me llevara a algún lugar lejano, que le pusiera alas a mis pies, que me elevara por encima de los tejados de mi vida, libre, aérea, lejos, allí.

“Margaritas” (escogía bien las palabras con alas, eh? 😉 ) “luciérnagas”, “lápiz”, “sugus”, “tortuga”, “luna”, “Merlín” “bosque, bosque, bosque”. Repetirlo me proyectaba aún más lejos y el suelo hostil se volvía de pronto tan algodonoso que el dolor se esfumaba. O casi.

Ahora sigue doliéndome el caminar, pero el peso del suelo llega principalmente desde el pequeño alambre de los equilibrios diarios. Aún así, cuando la vida me estruja demasiado o me ahoga, yo continúo echando mano a mi particular técnica secreta de escape…

“brisa”
“regaliz”
“sandalias”
“mermelada”

Las cosas pequeñas siguen teniendo su don, el poder sublime de hacerme sentir ingrávida.

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¿Un poco de música? —>

❥ De la c-alma

Hoy lo pensaba, cada día necesito menos retórica en mi vida. Cada vez me tienta más el arrullo y el ronroneo, hasta tal punto que he perdido la capacidad de justificarme por completo. Qué gustazo, y creo que eso forma parte del equilibrio interno. Quizá sea la edad o que las caricias de vida superan en tamaño a los mordiscos y me llenan el estómago del corazón. Me pido siempre doble de postre, eso sí, y triple si me viene en gana. No sé, las digestiones anímicas cada vez son más dulces, menos pesadas, como si este cuerpo que cada día es más torpe se compensara devolviéndole a mi alma una ingravidez gustosa. Me peso menos, es la pura verdad. Noto la brisa renacida en las esquinas marinas del corazón.

Y me duelo, eso sí, eso siempre. Me duelo con ese dolor meramente físico, tan constante, tan crónico, tan sin límite. Pero luego, siguiendo esa sibarita ley de compensación, la calma balsámica me acuna desde la sonrisa y así voy, paso a paso, devolviéndole lametazo por mordisco a la vida.

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Fue en Diciembre cuando le robé al Mediterráneo este arrullo de luz. 

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Un poco de música: —>

❥ De lo pendiente

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“Existe al menos un rincón del universo que con toda seguridad puedes mejorar, y eres tú mismo”

(A. Huxley)

Pues es muy cierto. Siempre quedan constelaciones, galaxias y estrellas enredadas haciendo pequeños grumos y de espaldas al espejo interno. Habrá que ir deshilvanando y removiendo sin prisa, sin pausa.

Con ternura…

 

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Un poco de música? —>

 

❥ Así debe ser

Diciembre ha entrado despacito, caminando por la alfombra de sus recién estrenadas horas con una calma apabullante (uffffff otra de esas palabras con sabor, “apabullante”, se le llenan a una los ojos de plumas y estrellas al pronunciarla). O así lo percibo yo, que tengo un cerebrito medio infantil y receptivo a las locuras. Diciembre llega a paso lento, sin prisas y con el pecho crecido. Sabe que es el último de la lista y eso le da un aplomo infinito. Él se encarga de cerrar la puerta del año así que se cuelga la llave de la solemnidad y nos deja el invierno y la Navidad en bandeja. Cómo no va a gustarme Diciembre? si la tradición Navideña (no soy creyente) me arrima a la calidez, a la magia, a la ilusión de mis hijos que, aunque creciditos, se han empapado de mi irracional ilusión por estos días y la irradian a destajo. Bueno, el pequeño más que el mayor, claro. La adolescencia es una cueva con muy poca ventilación y dónde la fugaz infancia queda relegada a un felpudo de medidas microscópicas. Así debe ser, me digo.

Diciembre entra en casa entelando los cristales y ensanchándome la sonrisa. Pienso devorarte, le proclamo con la frente alta, sin ápice de compasión. Y él, sin inmutarse un pelo, se acomoda sonriente en su trono y de un pestañeo enciende todas las luces del sol.

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